El delito como Integración

La búsqueda de la Ciudadanía

Al interior de nuestros centros penitenciarios se pueden encontrar casos como estos: Mujer, tercera edad, líder de un clan dedicado al robo y reducción de especies, ganancias sobre los 3 millones de pesos mensuales. Hombre, 40 años, por alojar camiones con droga podía ganar 4 o 5 millones de pesos en un envío. Hombre, 30 años, sicario de una mafia de drogas, su pago superaba los 6 millones de pesos. Si bien no todos los delincuentes pueden llegar a estas cifras, quiero dar una señal clara de lo que realmente puede ofrecer la vía delictual. Mujer, 30 años, robo en tiendas y supermercados –mechera-, en sólo 2 o 3 días de “trabajo” recaudaba alrededor de 300 mil pesos. Es decir, ella podía superar ampliamente nuestro modesto “sueldo mínimo” mensual en menos de una semana de esfuerzo –y ese es un dato muy importante-.

Los internos de nuestras cárceles, nuestros delincuentes, no actúan motivados desde un odio al orden social y sus instituciones. La amplia mayoría de los delitos se cometen, en la práctica, con la intención de conseguir un beneficio económico; lo que buscan es conseguir dinero. Entonces, ¿Por qué el dinero es tan importante?

¿Qué es ‘ser ciudadano’? ¿Cuándo ejercemos nuestra ciudadanía? ¿Qué es lo que hoy en día nos puede hacer considerar que somos ciudadanos?

Para se ciudadano, hoy en día, no basta con haber nacido libre. No basta con la nacionalidad, ni con la utópica igualdad ante la ley, ni con el derecho a voto, o la libertad de culto. Una “ciudadanía real” dejó atrás hace mucho este tipo de definiciones jurídicas. Si queremos reconocernos debemos ser más exigentes con esta definición.

‘Ciudadano’ corresponde a un miembro pleno de la comunidad. Con la garantía de que, en base a su integración, el bienestar de la comunidad se traducirá en su propio bienestar. Ciudadano es un sujeto “pleno de derechos”, los derechos de acceso al bienestar y estima de la comunidad. Es aquel que tiene pleno acceso a los bienes y servicios con los que la comunidad entrega bienestar a sus miembros. Ser ciudadano es poder acceder a una calidad de vida y estatus que posea dignidad a los ojos de los demás miembros.

Actualmente, ¿Cómo llegamos a ser ciudadanos? ¿Cómo accedemos a una calidad de vida digna?… Para acceder a una buena alimentación, vivienda, educación, salud, etc.; y por cierto, para acceder a la justicia –esa frente a la cual se supone que somos iguales, pero en la que tenemos que pagar por un buen abogado-, para todo, tenemos un acceso mediado por: el dinero –amén-.

Existen tan perversas condiciones estructurales en nuestro sistema social que el acceso a condiciones de vida dignas desde una conducta regular es una posibilidad que tiende a cero para algunas personas. El poder adquisitivo está tan desigualmente distribuido entre la población que el acceso a una ciudadanía real –regulada por el dinero– resulta en una prohibición para una población que aunque legalmente en igualdad se sabe innegablemente marginada.

La mayoría de quienes se convierten en “delincuentes” provienen de familias con una situación socioeconómica “baja”, este hecho evidente no es casual. Si se puede ser tan profundamente estúpido simplista como para pensar que la maldad, la flojera, o toda característica alejada de la virtud pertenecen de alguna forma intrínseca a estas personas de “clase baja” –etiqueta que aunque desafortunada sólo refleja nuestra realidad-, y es eso lo que las mantiene en tal condición, entonces ya perdimos la batalla. Por el contrario, debemos ser capaces de observar  que condiciones estructurales a la posición social son las que mantienen a estas personas en una situación socioeconómica de riesgo, y por consecuencia en una situación de riesgo delictual.

Si naces en una situación cercana a la pobreza, o medio de ella, no recibes una buena educación escolar, y tus opciones de completar la educación superior son bajas. Dime ¿En qué trabajarás? ¿Cuánto dinero crees que ganarás? Si entre las “clases altas” 98 de cada cien jóvenes completan la educación superior –y los otros dos gracias al apoyo de su entorno lograran consolidar una posición socioeconómica estable-, entre las clases bajas ese número se reducirá dramáticamente, hasta quedar anulado en las situaciones más extremas. Cuando se nos muestra a un joven exitoso, aquel joven becado que logrado superar todas las adversidades en la vida, bajo el eslogan “¡Se puede!”, lo que no nos muestran es a todos los otros compañeros de escuela y vecinos del joven que siguen perteneciendo al mismo mundo marginado del que sólo uno salió. ¿Se puede? Sí, pero sólo uno entre cien, los otros 99 seguirán esperando; y sí, algunos de esos 99 irán a prisión.

¿Qué harías tú si tus padres trabajan ocho horas por el sueldo mínimo mientras que en la casa de la esquina los tipos que trafican hacen fiestas todos días? Mientras tú y tus hijos viven con menos de lo mínimo. Si por tu humilde y honesto trabajo no recibes mucha “estima social”. Si escuchas pocos “buenos días”, muy pocos “cuando usted guste”, y casi ningún “muchas gracias”. Simultáneamente a tu lado está la oportunidad que al parecer te permitiría cambiar eso: No más humillaciones, no ser mirado en menos, poder darles una vida cómoda a tus hijos, o simplemente “comprarte tus cosas”, andar bien vestido, tener “acceso” a lo que necesitas; acceso a la ciudadanía. Cuando las posibilidades de ser ciudadano por la vía legal están coartadas, las vías irregulares de acceso empiezan a mostrarse con probabilidades mucho más concretas de realizarse; sin importar sus sanciones legales. La delincuencia es una forma de integración social, una vía para alcanzar nuestra moderna ciudadanía.

Ahora, ¿Qué debemos hacer si –realmente– queremos acabar con la delincuencia? Redefinida la ciudadanía y observado como la delincuencia resulta una alternativa mucho más probable para lograr el acceso entre los sectores más marginados de nuestra sociedad, lo que debemos lograr es una extensión de la ciudadanía, una mayor integración social. Que para nadie sea –en la práctica– más probable ser ciudadano por la vía delictual que por la vía “legal”. Si algún día pudiéramos lograr esta meta quizá nuestras cárceles no desaparecerían, pero –más que seguro– nuestra población interna se reduciría dramáticamente.

Los que aún pretendan cruzar curvas de beneficios y costos, reemplazando por “beneficios del delito” y “costos del castigo”, para justificar un aumento de las penas legales como una forma de “aumentar los costos” del delito y así “desincentivar” la delincuencia espero que entiendan la torpeza de el error de este enfoque. Los beneficios de la ciudadanía son absolutos versus los costos de la exclusión social, siendo un marginado no hay futuro posible, es ahí donde surge la posibilidad de arriesgarlo todo con el fin de reintegrarse a la comunidad. El delincuente no es un enemigo de la sociedad, no es un ermitaño que quiera destruir al orden social, el delincuente es un marginado que busca con desesperación una vía de inclusión. No se roba para vivir en las montañas, se roba para poder participar de la dinámica social. El único cálculo económico válido para este análisis se da en comparar las posibles vías de integración, la pregunta es ¿Por cuál vía –me– es más probable lograr la ciudadanía? Mientras los beneficios, en términos de “acceso” –actualmente ‘capacidad de consumo’-, de una conducta delictual puedan ser mayores a los de una conducta dentro de la norma social… ¿Cuál sería la opción que debiera tomar el sujeto elector racional?

– – –

Pd: Con lo escrito, jamás pretendería señalar que las personas de escasos recursos son todas “empujadas” al delito. La amplía mayoría de ellas –sin ser santos– se levantan temprano todos los días para repletar el transporte público y dirigirse a sus trabajos. Lo que realmente denuncio es una estructura social que pone en riesgo y termina por marginar a quienes viven en una situación socio-económica vulnerable. Tampoco afirmo que la falta de acceso a la ciudadanía sea la única causa de la delincuencia, fenómeno de una complejidad profunda, pero según mi juicio en ello hay un veta central para quienes quieran abordar el tema.

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4 Respuestas a “El delito como Integración

  1. Le pedí a un amigo, quién se ha dedicado a los temas de delincuencia y cárcel con mayor profundidad que yo, una opinión sobre este artículo. Dejo aquí buena parte de ella:

    “…eso siempre lo he pensado, la conciencia ética y valórica que existe en esas personas para no optar a la delincuencia y seguir sacándose la mugre por una miseria (Gabriel Salazar, el historiador, conceptualiza eso como la decencia del pobre). Peor aún cuando los ingresos debido a tu suelo (con contrato y todo) no alcanzan para vivir, eso es como burlarse de la gente… no se le reconoce la dignidad de trabajador, con su trabajo no puede mantenerse.

    Otra cosa es que definiendo la ciudadanía de esa forma. Claro que el delito es un medio para obtenerla, pero no creo que para ellos eso sea consciente [yo tampoco lo creo], que tengan conciencia y motivación de ser ciudadanos, me parece más un constructo teórico apropiado para el análisis, que una motivación consciente y verificabilidad en la praxis [sí, es una interpretación teórica]…”

    Gracias a Jaime por su tiempo.

  2. Javier:

    Muy interesante lo que has expuesto, sobre todo lo referente a la construcción del concepto de ciudadanía. Es evidente que nuestra estructura social coarta la identidad de pertenencia a un sector determinado de la población, a través de la negación al capital (entendiéndose en su más amplio espectro). En una sociedad en la que predomina el mercado y un modelo neo liberal, y en la que se exalta continuamente lo material y suntuario, es lógico que la mayoría de los individuos luchen por conseguir alcanzar la satisfacción de estas “necesidades” creadas y aquel que no cuente con las herramientas legales, intentará muchas veces alcanzar un estatus de “dignidad social” por las vías que resulten necesarias.

    Con todo permiso, le comentaré de la existencia de esta publicación a otra persona también interesada en este tema.

    Un abrazo y sigue escribiendo.

  3. Gracias por tus comentarios Bastian, conocer de cerca la realidad de la reclusión me hizo ver como lo que había tras muchos de sus errores y faltas era una búsqueda desesperada de ciudadanía. Una ciudadanía que, tras reflexionarlo un poco, está muy lejos de ser un derecho, y peligrosamente cerca de ser un bien de consumo.
    Bienvenida sea cualquier difusión y nuevos comentarios.
    Abrazo.

  4. Pingback: Por qué el Dinero mueve al Mundo? | Libro Acta n°23

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