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Actividad política en general.

Por qué el Dinero mueve al Mundo?

Dudar sobre la centralidad que el dinero y, por ende, que el sistema económico tienen en nuestros días sólo puede ser síntoma de ceguera. La frase que dice “el dinero mueve al mundo” luce muy poco como metáfora y bastante como realidad. ¿Qué le permite al dinero ocupar esa posición de privilegio en el orden de nuestros días?
 

LA REORIENTACIÓN DE LOS FINES

El primer deber de cualquier entidad es asegurar las condiciones para su sobrevivencia y reproducción, como no existe entidad que sea completamente autónoma, todas deben saber relacionarse con su entorno para lograrlo –deben desarrollar un ‘equilibrio ecológico’ con su hábitat-. Dado que en nuestra sociedad los recursos necesarios para esa sobrevivencia se encuentran en un entorno dominado por la lógica del mercado, cuyo acceso es regulado por el dinero ¿Qué es lo que todos deben hacer para asegurar su sobrevivencia en este mundo? Por supuesto, obtener dinero.

Es en el mercado donde el sistema económico se posiciona como un ámbito intermediario entre todos los miembros de nuestra sociedad, es gracias al uso generalizado del dinero que cualquier actor puede acceder a cualquier otro por medio del mercado. Lo que sucede es que en el mercado el dinero inunda y monopoliza el espacio de intercambio que existe entre los distintos actores, llegando a ser el principal sino el único regulador sobre el acceso y participación de ese espacio intermediario. “Para todo, tenemos un acceso mediado por el dinero.” Más aún, el mercado regulado por el dinero se ha convertido en nuestro hábitat, ya que en él están todos los recursos que se requieren para nuestra subsistencia material.

Teniendo este diagnóstico ¿Cuál es el correlato de esta situación ambiental para quienes lo viven? ¿Qué es lo que esto implica para el orden interno de cualquiera de los actores –o subsistemas– que viven en este hábitat de mercado?

En una primera instancia, las acciones necesarias para desarrollar las actividades propias –o la finalidad- de estos actores quedarán condicionadas al principio de sobrevivencia –o equilibrio ecológico– que en este caso se expresa mediante la búsqueda de la rentabilidad. Tanto el panadero, el constructor, o el profesor, deberán considerar que los costos de su actividad no sean mayores a su beneficio por la misma; sólo así podrían permanecer en ella por tiempo indefinido. De este modo los actores incorporan dentro de su propia lógica una noción económica de mercado que será el medio fundamental para el desarrollo de sus actividades o fines -el fin de hacer pan, construir casas, y enseñar-; a todas luces una adaptación necesaria para sobrevivir.

Lamentablemente este escenario puede profundizar en sus consecuencias. A estas alturas no es extraño ver que muchos actores simplemente hagan abandono de sus antiguos fines y transformen su orientación económica en la finalidad del lucro. Esto significa que la primera prioridad, la que solía tener la actividad propia del actor o institución –entregar educación, fabricar el mejor producto, o dar el mejor servicio-, fue reorientada hacia la lógica económica de los costos versus beneficios. Reinan ahora –abiertamente– las empresas con fines de lucro, su actividad particular, otrora el fin y razón de ser de cada entidad –o sistema-, ha sido degradada a la un medio capaz generar ganancias; un simple medio de sobrevivencia.

Actualmente, bajo el reinado del sistema –o suprasistema– económico, este tipo de orientaciones no es objeto de ningún cuestionamiento, se adscribe a priori a que el objetivo o finalidad de cualquier actor será el beneficio económico –o el lucro- y que la particularidad de su actividad es sólo el medio para alcanzarla, una orientación secundaria que de ser necesario puede ser modificada.

Obsolescencia Programada, una denuncia sobre hasta que punto se puede modificar la producción cuando el fin es generar ganancias.

La naturaleza expansionista de nuestro sistema económico –hablo del capitalismo, del libre mercado, de la autorregulación de la oferta y la demanda– radica en su capacidad de reorientar los fines de los actores participantes hacía el mismo. Dado que el dinero es el medio universal para el intercambio, toda entidad que pretenda sobrevivir en este entorno dominado por el mercado se ve orientada a establecer como su primera prioridad el logro de la ganancia. La fuerza invasiva del sistema económico se basa en que, al poseer el monopolio sobre el acceso a los recursos, este se ha constituido en nuestro medio ambiente, en un hábitat de subsistemas que, al ver en jaque su propia sobrevivencia, deben pactar reorientando sus fines para estar mejor adaptados al medio.

¿Quién estará preparado para sobrevivir en este hábitat? Sólo aquellos que tengan la capacidad de asegurar su acceso al mercado. Si asumimos que dentro de la lógica del libre mercado pagar el precio más alto es la forma de asegurar ese acceso a los recursos, triunfará quien tenga más dinero –tener “más dinero” se convierte en la máxima que nos permitirá mantener un ‘equilibrio ecológico’ dentro de este ‘hábitat de mercado’-. Es esta relación ecológica la que finalmente genera un fortalecimiento y expansión del sistema económico a la vez que transforma a los diversos actores en subsistemas económicos; hemos cultivado un hábitat capaz de arrasar con modificar nuestros propios fines, de anular nuestros valores.

Para el mercado su único devenir posible es el de intentar incorporar todo a su propia lógica de intercambio, lograr que todo tenga un valor equivalente en dinero, que todo sea transable. Mientras mayor sea la variedad y flujo de recursos disponibles en el mercado mayor será su fortaleza, porque así se asegurará que todos puedan y deban recurrir a él para satisfacer sus necesidades. Para el mercado esto es suficiente, no hay un mundo mejor en la expresión final del libre mercado –ni tendría porque haberlo-, en realidad no hay un final que él deba plantearse, el mercado es la institución de ‘el medio’, intercambio, flujo, no de finales, no de valores. Quien crea que el libre mercado por sí mismo es capaz de llevarnos a “el mejor de los mundos posibles” es estúpido, o increíblemente ingenuo, o se encuentra ubicado en una posición muy ventajosa dentro de nuestro hábitat del mercado.

Intervención del presidente José Mujica (Uruguay) en la cumbre Río+20      “Lo que fue economía de mercado ha creado sociedades de mercado.”

la importancia de un hábitat protegido

Esto no es una metáfora, es nuestra actual situación. La actual crisis de la educación chilena –que fue entregada al mercado– responde a este diagnóstico. Tenemos empresas instituciones de educación superior dedicadas al lucro –lo que está legalmente prohibido– que no están capacitando a los profesionales de calidad que el país necesita para su desarrollo –además de una gran cantidad de estudiantes que se auto conciben como clientes comprando una acreditación redituable en un mejor salario-. Algo similar sucede con nuestro sistema de salud, actualmente es mucho más un servicio que un derecho, o con nuestra matriz energética, entregada en manos de intereses privados y carente de una política gubernamental que regule su crecimiento.

Universidad del Mar, renuncia del rector deja en evidencia cómo opera el lucro en la educación superior (CIPER).

Si queremos resguardar la finalidad de ciertos ámbitos específicos de nuestra sociedad, ámbitos que posean una relevancia nacional ya sea por su carácter estratégico para el desarrollo del país o porque constituyen un derecho de la ciudadanía, debemos brindarles un hábitat que les permita realizarse sin la necesidad de pervertir reorientar sus fines para lograr su sobrevivencia. Para proteger estos ámbitos se requieren de serias regulaciones y un financiamiento garantizado que les evite el riesgo de ser absorbidos como un subsistema económico; debemos ubicarlos en una posición privilegiada y no de dependencia con el mercado.

Esta es la importancia radical de los servicios públicos, esta es la responsabilidad que deben asumir los gobiernos, estar por sobre los intereses del libre mercado. En el momento que el principal interés de un gobierno este centrado en algunas cifras económicas (PIB, Ingreso per cápita, Crecimiento económico) sabremos que su fin ha sido pervertido al de un subsistema económico. La finalidad de un gobierno está en el logro de un bienestar perdurable para la nación, manteniéndose centrado en el cumplimiento de sus fines sociales, garantizando derechos, accesos, y ciudadanía. Eso sí es un fin valórico capaz de llevarnos a un mundo mejor, porque sería fruto de nuestra decisión.

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“De los Votos válidamente emitidos…”

(*) Si el voto obligatorio fuera capaz de incorporar las opiniones disidentes estaríamos en presencia de una auténtica Revolución Electoral.

Incorporar la obligatoriedad del voto no es “anti-ciudadano”… por el contrario, creo que sería activar un “deber ciudadano”. Exigir al ciudadano una responsabilidad sobre el destino de nuestra convivencia es la base para exigir lo mismo de quienes nos gobiernan. Quienes ejercen la política deben hacerse cargo de la falta de interés público en ella, deben hacerse cargo del desprestigio y desconfianza que entre la ciudadanía es un lugar común sobre los políticos. Pero hasta ahora los políticos parecieran no estar preocupados, parecieran tener asegurado el acceso a sus cargos, y asegurada la legitimidad de su función. No se conmueven con los ciudadanos disconformes; debe ser que estos sectores críticos no están en posición de cuestionarlos con efectividad, aunque las decisiones políticas puedan afectar gravemente la vida de “todos” los sectores. El ciudadano debe participar de su sociedad mediante el sufragio, pero a cambio debe exigir ser escuchado. Los votantes merecen una política que les permita incorporar su opinión, sea esta una opinión favorable o disidente.

¿Quién evalúa a los políticos? En teoría lo hacemos nosotros, los votantes. En democracia los cargos se legitiman en la votación. Pero si quisieras manifestar tú rechazo a las candidaturas, ¿Qué deberías hacer? Podría ser lógico marcar Nulo o Blanco. Pero la votación seguiría adelante y los cargos electos serían legitimados por quienes votaron adhiriendo a los candidatos. Si quieres manifestar una crítica tomar esta opción representa un fracaso. Luego podrías optar por no inscribirse, quedar excluido del sistema electoral… y muchos dirán con falsa autoridad “Si no estás inscrito, no puedes opinar”. Pero resulta que estamos en presencia de un ciudadano interesado en la política, su único “pecado” está en que su interés se manifiesta con una crítica. Si participa de la “democracia” su crítica se desvanece en legitimidad. Si no participa “no debe opinar”. ¿¡Ser disidente es un delito!? Para quienes están insatisfechos parece no existir una opción que los incorpore dentro del sistema electoral; eso no es muy democrático.

Si el voto fuera obligatorio todos participarían, y eso tiene el gran beneficio de incorporar masivamente los intereses de la ciudadanía, además de garantizar la legitimidad de las elecciones. Pero una vez más ¿Qué haces si los candidatos o sus ideales no merecen tu apoyo?… El voto, que por deber ciudadano vas a emitir, va a legitimar a candidatos que según tu propio juicio no lo merecen. ¿Deberías entonces marcar un voto Nulo o Blanco… los que finalmente no serán considerados dentro de los resultados? ¡Error! Una vez más el ciudadano disidente estaría coartado en su opinión. En medio de las supuestas libertades civiles no está permitido ser disidente.

Personalmente, apoyo la inscripción automática y el voto obligatorio. Pero la política debe ser capaz de afrontar una evaluación ciudadana seria en la que votos blancos y votos nulos fueran incluidos como una forma válida de participación. ¿O es que la política teme ser evaluada negativamente y sólo se conforma con cuidar de su legitimidad? Estoy llamando a un gesto de auténtica grandeza política –la que hace tiempo escasea-, llamo a incorporar a quienes están disconformes. Actualmente el voto blanco, o el voto nulo, son embolsados dentro de una misma categoría con valor electoral cero. Tras cada elección, durante los cómputos, escuchamos “De los votos válidamente emitidos…” así reza la frase que sentencia la invalidez de las opiniones críticas, simplemente no son consideradas. Sería una verdadera revolución democrática que se ofreciera incorporar las opciones disidentes de Voto Blanco y Voto Nulo, considerándolas dentro de “los votos válidamente emitidos” para realizar cualquier cómputo; y merecerían ser considerados como válidos ya que fueron emitidos por ciudadanos válidamente inscritos que cumplieron con el deber de sufragar.

El Voto Blanco se debería considerar un voto válido cuya consecuencia sería sumarse a la primera mayoría simple, el ciudadano ha decidido permitir –simbólicamente– que otros rellenen su voto. Más importante aún, el Voto Nulo se debería considerar un voto válido que desaprueba a los candidatos. Con la consecuencia, si los votos nulos obtuvieran mayoría simple, que los candidatos superados serían rechazados por la ciudadanía; produciéndose una nueva convocatoria para elecciones. Estas opciones son ejemplos rápidos pero el fondo de la propuesta es claro: Todo ciudadano inscrito que asista a sufragar tiene derecho a ser incluido dentro del sistema electoral. Los políticos que trabajen con honestidad y de cara a la ciudadanía no tienen nada que temer, la ciudadanía nunca ha sido amante de la anarquía. Al incluir la capacidad de crítica ciudadana estaríamos ampliando la legitimidad de nuestra democracia ¿Tenemos algo que temer?

A quien corresponda, tómese un minuto antes de decir “Es fácil criticar desde afuera, sin proponer nada…” No se trata de eso. ¿Nunca ha recibido una crítica? ¿Nunca ha sufrido un rechazo? Primero, no quiero una crítica desde afuera, quiero que se permita criticar desde adentro. Segundo, no es criticar sin proponer, es exigir ser escuchados. La ciudadanía está llamada a evaluar y legitimar a sus autoridades. Es labor de quienes ejercen esa autoridad, o de quienes pretendan ejercerlo, estar en contacto con las necesidades y opiniones de sus electores ofreciendo una gestión de calidad. Esto se trata de participación, de que todos puedan colaborar en la construcción de nuestra sociedad, ser crítico no es sinónimo de ser destructivo. Sí es destructivo que no se pueda participar críticamente. Se trata de ser exigentes, es posible! no lo descarte a priori, le haríamos mucho bien a nuestra –alicaída– democracia.

La Cuestión de Fondo*

Llegados a este punto, y por sobre cualquier otra conjetura, lo que debemos plantearnos es lo siguiente ¿Puede el voto de un ciudadano perder su valor por el sólo hecho de manifestar disconformidad?

Sí la respuesta del lector elimina la opción de validar la opinión de otro ciudadano sólo por la crítica que este plantea entonces mi postura y la suya no han logrado establecer una base común y ahí nos hemos dividido. Por el contrario, si el lector ha concordado en que toda opinión, incluso una disidente, merece ser considerada entonces hemos pisado suelo común, hemos establecido un valor democrático de fondo mucho más inclusivo que el actual y podemos avanzar en lo formal. Lo formal es sólo una estructura operativa, completamente necesaria para una ejecución, pero sólo de una relevancia funcional. Lo primordial es concordar en la cuestión de fondo.

La preocupación más habitual en este punto habla obviamente sobre la “ingobernabilidad” que puede significar la posibilidad de rechazar permanentemente a los candidatos, sobre lo fácil que es destruir una propuesta política versus las dificultades de “construirla”. Aunque válidas, estas preocupaciones no van al fondo del asunto y son perfectamente solucionables en lo formal. Sería muy torpe establecer un rechazo permanente a las candidaturas. Sí se puede plantear, por ejemplo: Que tras un primer rechazo los candidatos tengan la oportunidad de reformular sus programas además de permitir la inclusión de nuevos candidatos; periodo del proceso: 3 meses. Si hubiera un segundo rechazo, se llama a una última ronda sin posibilidad de rechazo en donde los candidatos de la primera ronda quedarían excluidos, no así los de segunda ronda más posibles nuevos candidatos; periodo del proceso: 6 meses. Si la propia ciudadanía disconforme no es capaz de levantar una propuesta que convenza a los votantes, durante el periodo de convocatoria habitual más 9 meses extraordinarios, entonces no hay autoridad en ella para impedir que otros asuman la responsabilidad.

Pero más allá de esta solución “jurídica” para afrontar el miedo que genera en algunos la idea de un voto de rechazo lo que debe primar es la conciencia de fortalecer a nuestra democracia. Bajo el actual sistema –no afirmo que esté sucediendo- un candidato podría estar generando un rechazo del 51% en los ciudadanos, pero como muchos de ellos no están yendo a votar –por falta de cultura cívica y desconfianza en la política-, o al marcar blanco/nulo no son considerados, el candidato llega al cargo con una falsa mayoría, completamente deslegitimado, pero asume el cargo. Si uno o varios candidatos fueran merecedores de un rechazo tan masivo a juicio de los ciudadanos ¿¡Sigue siendo sano que puedan asumir un cargo!? …para beneficio del “orden institucional”. Esta situación hipotética Sí es una enfermedad para la democracia, esta situación sí debería asustarnos: la posibilidad de tener gobernantes a pesar del descontento de la mayoría.

“De los votos válidamente emitidos…” Esa frase sentencia la división de la ciudadanía entre quienes votan válidamente, y los otros… que no. ¿Por qué? Si un ciudadano está válidamente inscrito y acude a sufragar, cumple con el trámite, y deposita su voto en la urna. ¿En qué momento la libre elección de este ciudadano se convierte en una elección “inválida”? Para fortalecer nuestra democracia tenemos que construir una institucionalidad que permita la participación de todos, es más que hacer una fila y salir de ahí con un dedo manchado, sólo podremos hablar de inclusión cuando todos nuestros votos tengan un significado válido y con consecuencias claras dentro de los cómputos.

La incorporación de un voto de rechazo a los candidatos No significa un rechazo a la democracia, incorporar la crítica al sistema electoral representaría un gran avance democrático. Busco un acto “grandeza política”, llamo a incorporar dentro del sistema electoral a quienes están en posición de disidencia. Esta meta no es ficción, es absolutamente realizable, pero para lograrlo necesitaremos de políticos comprometidos con la democracia. Aunque tradicionalmente hayamos visto que por lo regular la clase política carece de los huevos de la voluntad política necesaria.

(*) “De los votos válidamente emitidos…” [*Sin el apartado “La Cuestión de Fondo”] Fue originalmente publicado en la plataforma de “El Quinto Poder” con fecha 05 de Junio de 2010.

¿Por qué perdió la Concertación? o La Derecha no ha vencido.

Elecciones Presidenciales 2009

¿Cómo explicar lo sucedido en las últimas elecciones presidenciales? ¿Por qué la Concertación pierda mientras Bachelet logra un 84% de aprobación? ¿Qué le permitió ganar a Piñera? Estas preguntas han vuelto a estar de moda –algún libro recién publicado puede tener algo que ver-, queremos entender la última elección presidencial.

Primero reiteremos la poca relación que hay entre la aprobación de Bachelet y la derrota de Frei. No se puede pretender traspasar los niveles de aprobación de Bachelet hacia los votos obtenidos por Frei cuando desde las elecciones presidenciales anteriores “el político con más futuro” siempre fue Piñera –una de las categorías más influyentes que las encuestas hayan inventado-, cuando en todo pronóstico presidencial el ganador siempre fue Piñera –lo que de paso desmotivó a algunos otros posibles candidatos de la Concertación-. La aprobación de Bachelet es tan irrefutable como personal, se basa en su carisma, en la simpatía que provoca en la ciudadanía; eso más el apropiado desempeño de su cargo. Con esto ya se debería tener claro que el problema no era de Bachelet ni de su gestión, el problema era de la Concertación.

Para explicar los resultados de las últimas elecciones propongo considerar cuatro puntos que sí abordan cuales fueron los problemas que la Concertación no supo enfrentar.

La paciencia se acabó. Todos los proyectos políticos tienden a crear mayores expectativas de las que son capaces de cumplir cuando la verdadera meta es simplemente lograr votos. Por eso muchas de las promesas de campaña no pasan de ser slogans que la gente necesita escuchar: “mejor educación”, “mejor salud”, “más trabajo”, “menos delincuencia”, etc –lo llaman populismo-. Y todo eso funciona por algún tiempo, hasta que surge el siguiente argumento desde el bando contrario: “¿Por qué no han cumplido con esas promesas durante los últimos 15 años? Nosotros les prometemos más trabajo, menos delincuencia, mejor salud, etc. Nosotros sí somos capaces de solucionarlo”. Luego, cuando el argumento se repite tras 20 años… 20 años es mucho tiempo, y satisfacer plenamente a todos casi una utopía, a los votantes se les acaba la paciencia y salvo que tengan un compromiso ideológico mayor terminan por cambiar de preferencia.

El poder corrompe. Si este dicho popular es cierto –y yo creo que lo es-, después de gobernar por veinte años es inevitable que comiencen a darse las malas prácticas. Esta huella de corrupción es una conducta muy humana y sucedería bajo el techo de cualquier tendencia política. Donde se pueda sacar provecho, aunque sea a costa de otros, las conciencias ceden y/o los miserables concurren. Sin importar el noble inicio de una tarea si pasan veinte años más de algún vulgar ladrón estará infiltrado. Pero peores son los que no están infiltrados; me refiero a los que están encariñados con el  cargo. Esos quienes en vez de buscar la evolución de los ideales políticos prefieren hacer de los logros pasados la justificación del orden presente y la necesidad de su conservación para el futuro. Prefieren amararse a la silla y aguantar la respiración mientras todo se hunde antes que otros pasen a ocupar lo que sienten propio. Bajo estos corruptos comportamientos la Concertación empezó a derrumbarse.

Crisis de identidad. “Concertación de Partidos por la Democracia”… hace veinte años esto era un lema de lucha, pero tras veinte años de democracia ya no puede ser lo mismo. El carisma de esa lucha por la democracia está “desgastado” –adjetivo más que generoso-. Las generaciones marcadas por el ’73 parecen no querer asumir el paso del tiempo cuando en sus opiniones de hoy se siguen remontando al golpe de estado y a los años de Pinochet para la interpretación de nuestro presente político. Olvidan mirar en el calendario, olvidan ver el rostro de sus hijos. ¡Ya ha crecido una generación completa de ciudadanos que sólo han vivido en democracia! Los nacidos en 1990 hoy tienen 20 años y pueden votar. Asumir que ese eje de interpretación política ha perdido vigencia, o que ya carece de sentido para muchos ciudadanos del 2010, resulta a lo menos “complicado” para quienes lo vivieron o lo heredaron. Si la misión de la Concertación fue –o ¿es?– la lucha por la democracia, tras veinte años de democracia… deberían pensar en reformularse. Si no habría que darles las gracias por haberla “recuperado” y pedirles bajar el telón.

Desconfianza en la política. Los ciudadanos sentencian “¿Para qué me voy a meter en política?” …y yo no los culpo. Durante 18 años la política fue una actividad “muy restringida” en Chile. Después se supone que recuperamos la democracia, pero nuestra política está lejos de ser democrática. Hace tiempo que la gente desconfía de la actividad política sin que nuestros políticos se den por aludidos –y es que no les conviene-. La alta política es casi un club social, una arista de la clase dominante en donde se toman decisiones y se reparten cargos sin mayores cuestionamientos a la manera de hacer política. Para quienes miran este circo desde afuera sólo queda la impotencia. Si quienes han gobernado al “Chile en democracia” no asumieron este diagnóstico su partida era muy esperable.

La Derecha no ha Vencido

La “Alianza” está en el poder. ¿Por qué? Tal vez sea que la ex-oposición fue capaz de levantar un proyecto político que incluyera las necesidades que desde la concertación no se incorporaron… yo creo que no. La derecha no venció en las elecciones porque ella sea un bastión de honestidad y búsqueda del bien común; el propio presidente ha tenido que dar explicaciones por cuestionamientos de corte ético –como el uso de información privilegiada e incompatibilidad de intereses, entre otras-. La derecha no logró el gobierno por tener una auténtica vocación de futuro, más bien usa esa etiqueta para desmarcarse de ciertas “herencias” sobre nuestro pasado; desmarcaje que por cierto sí los hace más actuales. Pero, ¿Cuál es la novedad de la derecha? Promesas de crecimiento, “mano dura” con la delincuencia, “excelencia” en el servicio público, y cosas de ese estilo. Nada que represente una reflexión sobre posibles cambios profundos. Con toda certeza la Alianza es parte sólida de nuestra política tradicional. Pero en nuestro sistema político binominal son la única alternativa posible para los votantes que tras veinte años ya esperaron suficiente. La derecha ganó principalmente por el debilitamiento enemigo. Ganó porque no existen otras opciones políticas con el peso suficiente.

En las últimas elecciones presidenciales sorprendió que la candidatura de Marco Enríquez-Ominami llegara al 20% de las preferencias. ¿Cómo lo obtuvo? Por la simpatía de muchos concertacionistas desilusionados, como se supone que él lo era, pero también obtuvo apoyo desde la “centro-derecha”. En ese 20% había mucha gente disgustada con el sistema político en general, y había mucha gente joven. ME-O supo explotarlo, aunque la inercia de votar por los grandes conglomerados políticos todavía fue más fuerte. Hay una ciudadanía molesta con la política tradicional, que no vio futuro en ninguna de las dos tendencias que ejercen la puja real por la presidencia en Chile; tampoco lo vieron en la Izquierda, que aunque comprometida es ideológicamente la más anticuada.

La derecha no ha vencido. No es que ellos sean vistos como la gran solución a los males de la concertación. Probablemente si se encuestara sobre la gestión de la concertación estos 20 años la mayoría de la población aprobaría esa gestión aunque no votaron por su candidato. El gran diagnóstico de estas votaciones no es solamente el agotamiento de la Concertación, esta ha sido una señal que diagnostica el agotamiento de toda la política chilena. Piñera ganó más por la falta de opciones consolidadas que por la fortaleza de su conglomerado –o por la “solidez” de su programa de gobierno-. La actual gestión tendrá que hacer más que un buen gobierno si pretende permanecer a cargo. Para la derecha corren las mismas críticas que se hacen para la concertación, si no son capaces de asumir el diagnóstico y reformular sus formas de actuar, también deberán cerrar por fuera.

Por qué ‘Yo’ voy a votar por ME-O

La oportunidad de una nueva forma de hacer política.*

Álvaro Escobar junto a Marco Enríquez-Ominami, el atrevido inicio de una candidatura presidencial independiente.

Veamos… Diciembre 2002, Centro de Estudio Públicos (CEP) “Estudio Nacional de Opinión Pública”: Las instituciones que reciben un mayor nivel de confianza son las Universidades, la Iglesia, los Carabineros, y las Fuerzas Armadas. Las que reciben menos confianza son los Tribunales de Justicia, los Sindicatos, el Congreso, y los Partidos Políticos. […] Abril 2004, Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC) “La Confianza en las Personas, las Instituciones, y las Elites”: La policía uniformada subió hasta 54% su nivel de confianza, le siguen la Televisión con 52%, la Radio 50%, Banco Central e Iglesia Católica con 48%. -tras varias otras instituciones- Los partidos políticos apenas llegan a un 9% de confianza, cerrando la lista de instituciones incluidas, con un alza de 3 puntos con respecto de Abril de 2003. […] Agosto 2005, CERC “Confianza en Instituciones”: El siguiente es el resultado de nivel de confianza en orden decreciente. Radios 61%, Iglesia Católica 57%, Carabineros de Chile 54%, Banco Central 47%, Televisión 46%, Marina 43%, -y tras cinco otras instituciones- Poder Judicial 20%, Cámara de Diputados 18%, Partidos Políticos 9%. […] Noviembre 2009, Periodismo Univ. Diego Portales & Feedback “Confianza de las Personas en diversas Instituciones”: Sobre la confianza el resultado le dio a Bomberos 82%, Carabineros 52%, Militares 43%, Sacerdotes 26%, Detectives 21%, Jueces 16%, Empresarios 10%, Dirigentes Sindicales 6%, y Dirigentes Políticos 2%. ¿Alguien nota alguna tendencia obvia? -y por favor, no se dejen influenciar por las negritas-.

La presidenta Bachelet flanqueada por los presidentes de los principales partidos políticos -PC, RN, DC, UDI, PPD, y PS- además de algunos de sus ministros; la dirigencia política unida frente a la demanda marítima de Perú en Marzo del 2009.

De Marco Enríquez-Ominami -ME-O de aquí en más- se dice que no puede gobernar un proyecto tan “personalista” como el suyo, que le falta “trabajo en equipo”, que sin el respaldo de los partidos políticos su gobierno carecería de solidez, que su proyecto es individualista, y que sin apoyo en el parlamento no podría gobernar; tendría necesariamente que hacer “negociaciones políticas”, ceder en algo para llevar adelante sus proyectos.

Y para este último punto hago una pausa, porque en él se deja ver casi sin sutileza el enfermizo comportamiento de la política tradicional. Lo que se le crítica a ME-O es que casi sin presencia de parlamentarios que compartan a priori con él una adscripción partidaria no va a poder lograr los votos necesarios para la aprobación de sus proyectos como gobierno. Con ambas cámaras dominadas por sus opositores un gobierno como el de ME-O se vería obligado a “negociar”; tranzando en todos sus proyectos o por lo menos entregando algo a cambio. Y esta idea la repiten, en los más diversos tonos, tanto periodistas, analistas políticos, y detractores -que en el caso de los últimos se convierte casi en una amenaza mafiosa del tipo “no te vamos a dejar gobernar”-. ¡¿Aló?! Yo creo que la mayoría de los ciudadanos, que de alguna u otra forma desconfiamos de la política -como lo muestran las cifras iniciales-, no tenemos nada de que sorprendernos. Pero aún así me parece que hay que ser bastante caradura para plantearlo tan abiertamente y quedarse tan tranquilo. Primero, se está diciendo que sin importar la legitimidad con que fue elegido, o la importancia -incluso justicia- del proyecto, si el presidente de turno no es “uno de ellos” simplemente no lo van a dejar gobernar; o por lo menos no con tranquilidad. Segundo, se está diciendo que lo que se juega al momento de legislar en el parlamento no es el bien de la nación, sino una negociación de intereses partidarios. En donde más importante que la urgencia de la ley para la ciudadanía es la lucha de poderes entre bandos políticos; entre oficialismo y oposición, en donde la oposición no se dedica a “colaborar” con el gobierno para el bien de los chilenos sino que se dedica a entorpecer la labor del gobierno “para bien de todos los chilenos” -acusación que no apunta a la derecha con exclusividad, hablo de la oposición de turno ejemplos de ello pueden encontrarse a nivel municipal- ¿Llegaremos a ver algún día una oposición que sea colaborativa o un oficialismo que convoque las mejores intenciones vengan de donde vengan?.

O sea, que todo es una mugre -adjetivo que puede ser reemplazado a preferencia del lector según su grado de indignación-, pero a pesar de constatarlo ya están todos tan acostumbrados que lo asumen, no lo critican… ni buscan cambiarlo.

Desde mi visión personal, todas las críticas que se hacen sobre gobernabilidad a la campaña de ME-O señalan exactamente lo que más me atrae de ella: Es la oportunidad de empezar a hacer las cosas de manera distinta, es la oportunidad de alejarse de los vicios de la política tradicional -esa que mantiene alejada a la gran mayoría de la ciudadanía de la política-. ME-O es un candidato independiente no porque carezca de ideales políticos, no porque no tenga convicciones, no porque sea un desafectado o pretenda borrar su pasado como militante. Es independiente porque está ajeno a la influencia de las grandes coaliciones políticas de nuestro país. Por favor… eso no es una falencia, eso es un mérito.

ME-O fue capaz de convocar a más de 36.000 personas hasta una Notaria a que firmaran el documento que le permitiera presentarse como candidato, o sea, logró que todas esas personas se interesaran de manera independiente en la intensión de levantar una candidatura de las mismas características. ¿Cómo se inscriben los partidos tradicionales? ¿Alguien tiene que ir a la notaria? Quizá algunos abogados… porque ellos conservan apiladas las firmas de sus militantes las que de antemano respaldarán la candidatura que se levante desde la cúpula de sus coaliciones.

En los partidos políticos se han dedicado a tejer una amplia red de clientelismos y favores en donde los miembros socios del partido además de compartir una mirada política -o eso se supone, porque para muchos miembros eso definitivamente es lo de menos- reciben los beneficios por pertenencia a la asociación; beneficios que se incrementan mientras mayor sea el poder político concentrado en ella. Estos beneficios van más allá de la infinita asignación de cargos de origen público o el apoyo para obtenerlos, es el acceso a una poderosa red de contactos que se encarga de favorecer a los suyos en todos los ámbitos en donde sus miembros pueden ejercer influencia.

En cambio, a quienes nos dimos el tiempo de ir a firmar por ME-O ¿Qué nos une?… ¿Qué todos somos solo ciudadanos independientes? ¿Qué queremos que esto cambie? ¿Qué tenemos un interés en el bien común y no solo por ‘mi bien’ o el bien de ‘los míos’? …con orgullo.

Anhelo un gobierno en donde todos los cargos, en las más diversas áreas de la nación, no caigan designados por el tradicional cuoteo político. Acaso no es cómico como los ministros se pasean de un ministerio a otro con la facilidad que solo su estatus político les puede asegurar. Eruditos en múltiples materias, pueden un día ser la vocería de gobierno para al siguiente encabezar el ministerio de defensa, dirigir a la salud para luego comandar la educación, las obras públicas, las relaciones exteriores, luego una subsecretaría… y si alguien se cansa se puede ir a pasear como diplomático, da lo mismo. Y no es solo la vergüenza de que esto suceda, sino que para cada uno de esos cargos hay gente mucho mejor preparada, gente que se ha pasado años siguiendo el tema, años trabajando en el tema, años investigando, años que no interesan si tu afiliación política no es la correcta… su preparación no vale nada. ME-O no le debe favores políticos a nadie, no tiene a un ejército de parásitos tras de él esperando por su nueva asignación. ME-O tiene la oportunidad de convocar a los mejores en todos los ámbitos, ciudadanos independientes que puedan tomar decisiones libres de influencia política; pensando solamente en el bien de la nación.

Cuando son muchos los que están cansados de ver esto lamentablemente no son muchos los que creen poder hacer algo para cambiarlo. ¡Hey! Aquí esta nuestra oportunidad.

Muchos están tan acostumbrados a este funcionamiento que aunque les desagrade son incapaces de plantearse seriamente que alguien ajeno a este ‘círculo de política’ pueda realizar la labor. Se puede. Con ME-O han surgido otros que desde la política tradicional se han hastiado de su funcionamiento corrupto -como Álvaro Escobar, que siendo un tipo honesto e idealista tuvo que soportar el mediocre funcionamiento de nuestro parlamento-. Esta es gente que sí conoce el negocio, que sí conoce el funcionamiento de la administración política, que sí han estado participando de esa maquinaria pero que se aburrieron. Tener ese conocimiento no es un pecado, siempre es necesario “conocer el negocio” al momento de iniciar cualquier empresa, sería pecado si teniendo ese conocimiento no intentaran hacer algo por mejorarlo, si solo se dedicaran a beneficiarse del movimiento decadente de la política… entonces serían pecadores.

Si la “nueva mayoría” iniciada por ME-O en esta campaña logra un triunfo -ese que hace unos meses casi nadie se planteaba con seriedad, yo tampoco aunque fui a firmar- o, por lo menos, logra una trascendencia debe saber mantenerse alejada de la política tradicional, debe alejarse del modelo creado por los partidos políticos con un ejército de militantes, debe seguir siendo un movimiento ciudadano independiente con fines políticos, abierto a la ciudadanía, transparente, que convoque a los mejores, con la única finalidad del bien común de todos -tal cual lo hizo para reunir firmas-. Ser de todos, que conserve un núcleo coordinativo, pero que no se extienda para ser hogar de oportunistas políticos. Y aún así deberá cuidarse, porque a los acaparadores –esa tropa de parásitos- ni siquiera hay que ir a buscarlos, ellos llegarán pronto a tocar la puerta, a mostrarse interesados; tengan cuidado.

Si alguien me quiere acusar de idealista, adelante porque lo soy. Nadie puede acusarme de conformista. Esta es una gran oportunidad, puede funcionar, y no la quiero dejar pasar. ¿Hasta cuando los dejaremos seguir? ME-O no es una persona particularmente excepcional, sus circunstancias son excepcionales. La oportunidad es excepcional. Entiendan que es de nuestra responsabilidad hacer algo al respecto.

Elecciones Presidenciales 2009: Marco Enríquez-Ominami Gumucio 1.396.655 votos que constituyen el 20,13% de las preferencias. Un mérito independiente.

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