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Los herederos de Jesús?

La iglesia de los príncipes en occidente

Existen hechos en la historia de la iglesia, que aunque evidentes, acarrean consecuencias que parecen estar un tanto veladas a los ojos de la comunidad católica. Desde una mirada histórica sobre los orígenes de la iglesia me he planteado avanzar en un cuestionamiento que, en sus bases, no es nuevo. Me refiero a acumulación de riqueza al interior de la iglesia católica. ¿En qué minuto –y como llega a ser posible– que los máximos representantes de un humilde carpintero de Galilea vivan hoy como verdaderos príncipes? ¿Cómo el Papa, máximo referente de un hombre que no tuvo interés por posesión material alguna, y que llamaba a sus discípulos a seguirlo abandonando todas sus comodidades, está hoy sentado y vestido en oro? –literalmente– ¿Cómo es que llegó a producirse esto?

Joseph Ratzinger, soberano de Estado en Ciudad del Vaticano (EFE).

Hace aproximadamente 1600 años que los católicos no siguen, simplemente, las enseñanzas de un humilde carpintero judío. Si hay católicos, ‘hoy’, no es porque un hombre haya sido crucificado en la antigua Jerusalén –y posiblemente resucitado al tercer día-. Hay católicos ‘hoy’ en Latinoamérica, porque fue el reino de España hace 500 años quién conquistó esta tierra; y porque es su descendencia independiente la que hoy mantiene autoridad. Eran católicos los reyes de España porque toda la Hispania fue una región del Imperio Romano de Occidente. Y era católica la Roma de Occidente porque durante los años 325 –Concilio de Nicea– y 380 –Edicto de Tesalónica– los emperadores del Imperio Romano buscaron dar estabilidad, mediante el cristianismo, a un gobierno fatigado tras largos años de desórdenes, luchas de poder, y diversificación de credo.

Siglo IV. El antiguo Imperio Romano decaía. El culto por las antiguas deidades romanas había devenido en paganismo; carente de identidad y ajeno a cualquier autoridad central. Fueron los emperadores Constantino I y Teodosio I quienes entonces se propusieron hacer de una creencia en auge –el cristianismo– una religión fuerte y unida, la que por medio del aparato estatal acompañaría desde entonces todas las acciones de la autoridad imperial. Y no lo hicieron conmovidos por las enseñanzas espirituales de Jesús –no-. Lo hicieron como una forma de estabilizar su poder terrenal en colaboración con una nueva institucionalidad espiritual. Desde entonces la Religión Católica se ha diseñado al amparo –y según el interés– de los príncipes de occidente. No fue Jesús quien estableció esa institución como herencia a su comunidad, no fue Jesús quien estableció la sede de “su iglesia” en Roma, no fue Jesús quien dictó la Biblia para sus seguidores –ni siquiera el Nuevo Testamento-, no mandó a construir catedrales, iglesias, ni templos –algunos de ellos verdaderos palacios-, él no estableció jerarquía alguna, no dictaminó fechas de celebración, ni estableció los sacramentos. Nada de eso fue obra de Jesús. Toda la vasta institucionalidad cristiana Católica es obra de hombres o más bien, de reyes y príncipes-.

Casi toda la práctica y difusión de las supuestas enseñanzas de Jesús que hay en nuestros días no pertenecen a su legado. El príncipe que hoy tiene trono en Roma no es su heredero. El Papa, el papado, y toda la institucionalidad que lo sostiene, son en realidad herederos de los reyes y príncipes que han dominado occidente desde los tiempos de Constantino y Teodosio. Son los herederos del principado espiritual establecido para otorgar legitimidad divina a los príncipes terrenales de occidente. Y como herederos de príncipes, tienen todo el derecho –y costumbre– de vestir y vivir como tales.

Los seguidores de Jesús, ‘hoy’, no son sus seguidores porque tal hombre haya vivido y enseñado toda la buena obra que se le atribuye. Son sus seguidores porque desde hace 1600 años los príncipes gobernantes decidieron usurpar adjudicarse sus enseñanzas y vida para estabilizar el dominio temporal de sus súbditos. La instauración de una institucionalidad religiosa al alero de los poderes terrenales es un hecho tan normal de la historia universal que no debería extrañar a nadie. La expansión de cualquier credo, durante los últimos 2000 años, no ha correspondido tanto a la obra de misioneros como –– a la de los soldados. Tras toda expansión militar, y como parte central de la práctica de dominación, los imperios imponen la práctica de sus creencias por la fuerza de la espada; mucho más que por la fuerza de la fe –como un segundo factor de expansión religiosa sí se pueden considerar las rutas comerciales-.

Vista, desde la Cúpula de la Basílica de San Pedro del Vaticano, de Roma (by LSD13).

¿Qué hace sino la sede de “nuestra iglesia” en Roma? Si Jesús nació, vivió, y murió en lo que hoy es Israel y Palestina ¿Porqué la sede de su iglesia no está allá? ¿Por qué sus máximos representantes no viven de acuerdo al ejemplo de vida y enseñanzas de su maestro? Sí lo hacen. Viven y obran de acuerdo a la tradición de los príncipes en occidente. Conservan riquezas de acuerdo a esa tradición, y sostienen palacios según la dignidad de su linaje –el Vaticano-. Sus maestros –y colaboradores– han sido la casta de los príncipes de occidente hace 1600 años.

Les propongo visitar la tierra de Jesús. Que vean la fe de la gente que habita en la tierra de Jesús. Musulmanes y Judíos –la religión que Jesús practicó en vida-. Para ninguno de ellos Jesús es el hijo de Dios hecho hombre. Hay cristianos también en Palestina e Israel. ¿Pero cristianos católicos?  No son la mayoría. ¿Por qué…? ¿Por qué los reyes cristianos de occidente pretendieron “liberar” tierra santa durante las cruzadas? ¿Por qué el cristianismo que se práctica en occidente es una creencia extranjera en la tierra de Jesús? Insisto, la religión cristiana occidental –toda su institución– no tiene su fundación en la obra de aquel humilde carpintero de Judea. Las raíces del cristianismo occidental se formaron gracias a la labor de los últimos emperadores de la Roma unida. Luego, gracias a la labor del Imperio Romano de Occidente. Y años más tarde, a la labor de todas las dinastías europeas a las cuales la iglesia otorgó legitimidad divina para gobernar –y una fe para su pueblo-. ¿Rupturas? Nadie conocería a Lutero –iniciador del Protestantismo en 1517–  si no fuera por los beneficios que los príncipes alemanes obtendrían tras romper con la iglesia de Roma. ¿Anglicanismo? Bien sabido es que fue Enrique VIII, según su propia conveniencia, quién estableció la iglesia Anglicana en 1534.

A los cristianos de fe, hombres y mujeres honestos, que con sincera devoción buscan practicar en sus vidas el amor de su Dios, les doy mi apoyo. No es mi intensión atacar a su hermandad, ni golpear la vitalidad de su fe. Sólo intento responderme –quizá con entusiasmo– una pregunta digna de niños. ¿Por qué si Jesús fue un pobre carpintero Judío, el Papa vive como príncipe en Roma? Sólo eso.