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Del Nick al Name

Nuestra identidad virtual

Cuando internet no ofrecía ninguna de las opciones que actualmente utilizamos –hace unos 12 años atrás, cuando para conectarnos debíamos soportar un molesto ruido de tonos mientras sacrificábamos la línea telefónica-, los usuarios navegaban entre páginas que sólo exhibían información y los procesos de registro eran dignos de toda desconfianza. En uno de esos primeros procesos para abrir una cuenta de usuario, durante mi época escolar, le pedí consejo a un compañero más adelantado que yo en estos temas. Él me explicó como se debían llenar esos formularios y al final aclaró con tono de precaución “Y ahí, donde dice ‘nombre’, puedes escribir cualquier cosa… ¡menos tu nombre!”.

Internet solía ser un mundo alejado de nuestra realidad, casi ficticio. En él no se participaba utilizando nuestros nombres, todo lo contrario, era un universo formado por nicknames, o alter egos, que junto con proteger nuestra verdadera identidad nos daban libertad en el nuevo mundo virtual; cuyos mayores logros de interacción eran las páginas de chat y los juegos online.

El tiempo ha pasado, y actualmente observamos como internet lo que hace es ampliar las posibilidades de nuestra realidad. Nuestra experiencia web ya no se desarrolla “allá”, en un mundo casi de fantasía, sino que se entreteje en la cotidianidad con total naturalidad. Si alguna vez se miró con rareza a quienes pasaban sus días conectados a un mundo irreal –y utilizando un nick-, hoy los anormales son aquellos que prefieren mantenerse ajenos a los nuevos márgenes de nuestra realidad. El ermitaño moderno no necesita huir a las montañas, sólo tiene que vivir offline. ¿No tienes facebook? ¿No conoces twitter? ¿Una semana sin acceso a internet no afecta tu trabajo ni tus relaciones sociales? Ahora ese es el raro, aquel que ha rechazado el amplio espacio de práctica social virtual que se realiza en la web. En donde ya nadie piensa en ocultar su identidad sino que la exhibe con nombre, apellido, y una foto en primer plano.

En algún momento de mis primeros meses en facebook me topé con la foto de un amigo cuyo nombre no se correspondía con la persona que yo identificaba. Él se había registrado utilizando un nombre ficticio con una evidente doble lectura –sexual-, que no mencionaré –lo siento-. No pasó mucho tiempo para que entendiera que identificarse con aquel divertido nombre en facebook había sido un error. No sólo tenía dificultades para agregar contactos, ya que no figuraba por su nombre, sino que varios de sus amigos, amigas, y familiares, que ya se habían agregado a sus contactos, lo identificaban y –peor– podían etiquetarlo con ese absurdo nombre. Facebook contó desde sus orígenes con la confianza de usuarios que registraban nombres y reproducían relaciones reales. Ese fue el gran salto hacia la virtualización de nuestras identidades.

Las redes sociales, principalmente facebook, ganan terreno por superar el anticuado anonimato web; por permitirnos seguir siendo nosotros mismos en el mundo virtual de la web. No es sólo que al entrar en facebook nos encontremos con una versión virtual de nuestras experiencias con la que podemos sentirnos identificados, un perfil que acumula comentarios, actualizaciones de estados, fotos, enlaces, e información de nuestro interés, y todo esto construido desde la interacción con todos nuestros contactos de amistad –sean personas, grupos, instituciones, entre otros-. La mejor novedad es que gracias a las aplicaciones de uso libre creadas a partir de estas plataformas sociales nuestra identidad puede acompañarnos en nuestra navegación por toda la web; más allá de facebook.

Existen cada vez más páginas que aprovechando estas nuevas oportunidades nos ofrecen “accede con tu cuenta facebook”, o un “Sign In” para utilizar la opción de comentarios; varias de estas opciones consideran también cuentas de twitter, google, o wordpress, entre otras. Estas aplicaciones que en principio no se diferencian mucho de tecnologías que ya eran casi un estándar en muchas páginas web, ofreciendo la creación de cuentas para participar en la comunidad del sitio, se distancian totalmente de esas opciones anteriores al permitir una autentica apropiación de nuestros actos. No sólo somos usuarios individuales, sino que logramos conservar una identidad histórica y en constante interacción al permanecer vinculados con nuestros propios perfiles y nuestra propia red de contactos. Participación, interacción, y difusión son las facilidades que nos ofrece la web social; tener que crear una cuenta distinta para cada sitio siempre fue una restricción. Hubo, es verdad, algunos intentos por crear cuentas de usuario con uso extendido, los más serios fueron comandados por Microsoft y Google, quienes contaban con la ventaja de poseer una base de usuarios registrados a partir de sus servicios de e-mail. Esas mismas cuentas nos ofrecían “permanecer conectados” para una creciente variedad de servicios dependientes desde la misma compañía, y ahí estaba el primer error. Porque se pretendía obligarnos a ocupar sólo los servicios asociados a una compañía si queríamos mantener nuestra identidad de usuario, ¿y que hacíamos en el resto de la web?, ¿ignorarla? Segundo, si bien avanzábamos en conservar nuestra “individualidad”, nuestra verdadera “identidad” no sería alcanzada hasta incorporar –y aumentar– toda la interacción social con la que nos desenvolvemos cotidianamente. Mérito que, más allá de los mails, es exclusivo de las redes sociales.

De manera semejante a como nuestras acciones compartidas van dando forma a las experiencias de nuestra vida real, plataformas como facebook nos permiten la construcción interactiva de un mundo que suma lo virtual y lo real. Es en esa integración donde está surgiendo el mundo que actualmente vivimos, un mundo más amplio, con mayores posibilidades y conexiones, en el que podemos conservar nuestra identidad. “Virtual y real no son antónimos, ahora son planos que se complementan, ambos conforman nuestro mundo.”

Links:

  1. Facebook y la Internet Paralela.
  2. Bendito sea Twitter.